En 1991, James Cameron lanzó en Terminator 2: El juicio final a un adversario que dejó sin aliento al público de todo el mundo: el T-1000. A diferencia de su predecesor de acero, está hecho de metal líquido. Puede adoptar cualquier forma y, cuando le alcanza un disparo de escopeta, se abre por un momento un agujero plateado que enseguida vuelve a cerrarse. Robert Patrick lo interpretó con una mirada gélida, y los efectos especiales hicieron historia del cine.
La Jarra Terminator T-1000 captura justo ese momento. La jarra tiene la forma de la cabeza del T-1000, con pelo corto, ceño fruncido y un penetrante ojo azul. En un lateral la piel se desgarra y deja ver el reluciente metal líquido, que da forma al asa. En la base, una banda plateada con motivos técnicos rodea la jarra. Está hecha de resina y pintada a mano, y con unos 15,5 cm de altura es un auténtico reclamo en cualquier estantería.
Para todos los que se saben T2 de memoria y desconfían un poco de la gelatina. Si alguna vez se te cae, tranquilo: seguro que vuelve a recomponerse sola. ;)